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Me pide que permanezca tumbada sobre su viejo camastro. Me dice que mi cuerpo es como el de una antigua escultura griega y que mis curvas simulan la pureza de las montañas. Que mi gesto, pensativo, parece perderse en la inmortalidad de los malos recuerdos… Menudo idiota.

Entre mis dedos, un cigarrillo atrapado por una extensa y delicada boquilla de marfil, se consume a ritmo de blues. Disfruto viendo el humo que expulsan mis labios con restos de pintalabios. Me retrotrae a la infancia, a las tardes en el campo, a los ratos interminables al aire libre junto a mi hermana viendo como las nubes cambiaban de forma. Llevo cerca de media hora en silencio, observando al hombre desnudo al que sin éxito, acabo de intentar complacer, y ahogada por una extraña sensación, decido continuar fumando antes que interrumpir el repentino ataque de inspiración que lo hizo saltar de la cama cuando ya lo tenía dentro, a punto…

Escribe con la cara a escasos centímetros de su vieja máquina de escribir; mientras que yo, una vulgar y aburrida prostituta, recuerdo que cobro por horas y que la prisa fue siempre enemiga de este negocio. Decido salir de la cama para distraerme observando los siniestros cuadros que adornan las cuatro paredes. Busco su aprobación, pero este, sigue creando a un ritmo frenético a la par que aparta entre fragorosos soplidos el pelo graso que le cae una y otra vez sobre los ojos. Me entra la risa floja cuando veo, que como si de un anzuelo buscando a un pez se tratase, le cuelga de la silla el pene circundado que poco antes tuve en la boca. Me muerdo la lengua para evitar ofenderlo y me alejo para plantar cara a una mujer pintada que vive presa en un aparatoso marco dorado. Esta tiene el rostro cubierto por una telaraña de arrugas que cuenta la historia de una esclava. De forma inconsciente, tiendo a cubrirme los pechos tras enfrentarme a su mirada. Intento evitar represalias, pero no tardo en sentirme estúpida y en reconocer que el tipo, aunque raro de cojones, es un gran pintor; de sus textos, aún no puedo opinar. Una vez aceptado el hecho, camino desnuda hasta otro de los cuadros.

Las teclas de la máquina de escribir acompasan mis pasos. Llevo las uñas pintadas a juego con las de las manos, justo como él lo había exigido antes de cerrar el trato. El color de estas es el mismo que el de la corbata del señor pintado al que ahora estudio. Parece un tipo amable, un elegante y respetable hombre de negocios al que no se le suele llevar la contraria.

Al pararme a mirar a través de la ventana, la voz del cliente me sorprende. Dice que mis nalgas blancas y manchadas de pecas, parecen estar en guerra con el silencio y la oscuridad de una noche sin estrellas. Es un plasta, pero reconozco que sabe alagar a una dama; lástima que yo no lo sea. Dos perros callejeros huyen tras el alboroto que acaba de formarse a escasos metros del lugar en el que dormían. La voz sensual de una mujer, canta ahora a través del gramófono. Me ofende el incesante golpeteo de las teclas, pues insulta el intenso y depresivo mensaje de la canción. En la calle, una farola inclinada a causa de algún accidente, ilumina con timidez la esquina del Bar del Tucán. Me enciendo otro cigarrillo y me apoyo en la repisa. Desde allí puedo ver como el dueño del local golpea a un borracho y lo estrella contra un contenedor de basura. El grandullón suele requerir mis servicios dos días a la semana y no siempre acabamos en la cama. A veces, el Tucán tan solo quiere hablar, desahogarse, llorar… Como el resto de machotes de esta apestosa ciudad… Ojalá todos los hombres con los que me acuesto me trataran de igual forma, ojalá todos vieran en mí lo mismo que dice encontrar él.

A mi espalda, la voz del putero me coge desprevenida. Me pregunta que qué hago. Dejo caer la colilla y me giro para mirarlo a la cara. Tal vez quiera eyacular de una vez, y así, poder invitarme al fin a marcharme. Pero no, quiere que regrese a la cama. Tiene los ojos verdes, como los míos. Le agarro el paquete con suavidad e intento dominarlo, pero me aparta la mano con brusquedad y me repite que vuelva a tumbarme. Algo ha cambiado en él, dice que lo estoy estropeando todo. Confusa, obedezco y regreso al colchón. Por desgracia, estoy acostumbrada a tratar con gentuza. Me da las gracias, se echa la grasienta melena hacia atrás y regresa ante la máquina. Es alto y en su espalda el vello forma una senda que le va desde la nuca hasta el interior de los glúteos. Si se duchara, podría llegar incluso a tener su punto. Enciendo otro cigarro y sigo observando los cuadros desde la cama, y es entonces, cuando me siento atraída por el de una mujer joven con gesto bromista que sonríe desde la pared junto a la chimenea. Está desnuda de cintura para arriba y se pellizca un pezón con el índice y el pulgar. Es preciosa, mucho más que yo…

Se me hiela el alma.

¡Es ella!

Después de estar buscando unir todas las piezas durante seis eternos meses, estas encajan por sí solas en el peor momento.

El estruendo de la máquina de escribir al estrellarse contra el suelo, hace que se confirmen mis peores temores. Es él. Sin duda.

El artista grita. Me culpa de su nuevo bloqueo y se incorpora sobresaltado con el rostro enrojecido. Sus manos se abren y cierran con rabia mientras una mirada rabiosa va de la máquina rota a mi cuello. Los cuadros hablan. Son ellos, los muertos a los que nadie reclama. Me incorporo asustada, corro hacia la mesa donde he dejado mis cosas y comienzo a vestirme. Le digo que me voy mientras me cuelgo el bolso. Me dice que no puedo, que soy su musa, que llevo en mí el color púrpura. Insisto y me agarra por la muñeca. Intento zafarme y me clava las uñas. Mi cuerpo me traiciona cuando un terremoto elije mis nervios como epicentro. Quiero llorar pero he olvidado como se hace. Los ojos de ambos intentan predecir el futuro. Le digo sin necesidad de abrir la boca que me deje marchar, que no diré nada. Mira mis manos y me recuerda que llevo las uñas pintadas de color púrpura. Tiro de cuerdas vocales y le grito que fue él quién me lo pidió, que ese fue el requisito para cerrar el trato. Hace como que no ha escuchado nada y me lanza sobre la cama. El hijo de puta se abalanza sobre mí y comienza a estrangularme. El aire lucha por entrar en mis pulmones mientras pataleo e intento zafarme de su ataque. Mi piel blanca, comienza a mutar al color de la corbata del hombre del cuadro; de la falda estropeada de la mujer de rostro arrugado; de la cinta del pelo de la niña del columpio; del joven pintor que plasma un paisaje y limpia los pinceles con un trapo púrpura. ¡Púrpura! ¿Cómo fui tan estúpida? ¿Cómo no lo vi antes? Púrpura como el color de las uñas de la joven que se pellizca el pezón!, ¡las de mi hermana!

El asesino repite conmigo el rito. Mientras me mata, visualizo el lazo púrpura que ella llevaba atado a la garganta el día que encontraron su cuerpo. Son malos tiempos para las prostitutas en Ciudad Arco iris…

Los cuadros gritan, me miran, me tienden la mano pero no las alcanzo. Y de repente, igual que vienen y van las tormentas de verano, todo acaba. La sangre se derrama como una cascada por el lateral de la cama.

La daga que había logrado sacar de mi bolso antes de que me atacara, descansa ahora clavada en la garganta del monstruo que acabó con la vida de todas las personas plasmadas en sus cuadros, descritas en sus textos. Desde lo de Carla, ninguna de nosotras sale desarmada. Lo observo morir mientras fumo un último cigarrillo y tras un par de horas asimilando lo ocurrido, decido regresar al club; no sin antes escribir un digno punto y final a la historia. Descuelgo el cuadro de mi hermana y le prendo fuego.

Hago que sea su sonrisa, la que lo reduzca todo a  cenizas.