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Recuerdo las noches de insomnio y la desgana. Recuerdo los problemas que usaba como excusa para negarme a aceptar que un adolescente sin padre tiene el poder de agarrar la vida y llevársela por delante. Me conformé con ser uno más, con acatar las normas de una sociedad que desprecia al diferente y regalé mis ambiciones a un dictador con forma de reloj. El tiempo no corría, jugó conmigo lo que le vino en gana, me atrapó en sus mentiras y de repente, un día, cuando ya era suyo, me pegó la patada mientras me arrodillaba… Y comenzó a correr a un ritmo inalcanzable, frenético, lunático. Y corrí tras él con lágrimas en los ojos, gritando su nombre y odiándolo por despertarme en el peor momento. Lo perdí, perdí el tiempo y por mucho que corrí tras él nunca logré alcanzarlo. Me sentí abandonado, traicionado, roto; perdido entre sombras que miraban al suelo y luces que se escondían por miedo a brillar. Desde aquel fatal momento, una patética melodía se apoyó en mi hombro y me acompañó como una pestilente y candente brisa, incitándome siempre, a destrozarme la vida.

Caí en las garras del alcohol, me dejé influenciar por la rabia, jugueteé con las drogas y a punto estuve de tirar la toalla cuando, sin pretenderlo, me hallaba en la parte más alta de mi carrera como baterista. Y desde el escenario recordé a los profesores de instituto y su trabajo, y me vi de nuevo con catorce años diciendo a Diego con desgana y cierta desfachatez, que de qué me serviría aprobar su asignatura si nunca tendría yo, nada que ver con la música. Y una noche, mientras estaba de gira, le pedí perdón ante centenares de personas que bailaban al ritmo de mis canciones y mi batería. Y continué creciendo y equivocándome, rectificando, mejorando y perdonándome por haber ido de sabio en un mundo que juega al escondite con la verdad y la mentira, y al mismo tiempo hace de juez ante las demandas que el futuro interpone siempre al pasado; cuando la razón, solo puede otorgarla la vida. Aun así, no pude evitar tontear con la depresión, cuando nos encontramos una noche a la salida de uno de mis conciertos. Me hizo el amor como nadie me lo había hecho y me rompió el corazón cuando me dejó escrito en una nota, que lo mejor sería dejar nuestra relación. La maldije, la odié y me refugié en la infancia; en el amor de una madre; en el poder que ejerce una hermana sobre los latidos del corazón; en al abandono de un padre, y en la figura de la injusta muerte al llevarse a la madre de este. Me llené de razones y decidí contestar a su nota escribiéndole una carta; una carta que se convirtió en novela y me llevó de nuevo a las clases, al instituto y a pedir perdón a mis profesoras de lengua. Por aquel entonces, me importaban poco las faltas de ortografía. Decía yo, que de qué me serviría escribir bien, si mi futuro no sería otro que trabajar y pagar facturas. Y un día, de nuevo tuve que perdonarme cuando me vi dedicando un programa de radio a mi profesora Montse, la mujer que logró que soñara con destacar haciendo que creyera en el poder de la literatura.

Alumnos y profesores del IES de Librilla, podría puntualizar cien casos más por los que tuve que rectificar y tragarme mis propias palabras, mis propias creencias, mis propias verdades… Pero no os escribo para daros la chapa, y mucho menos para intentar tener alguna influencia en vuestros actos o vuestros pensamientos. Os escribo porque sé que no soy el único que ha bailado con una mala infancia, porque sé que no soy el único que ha sufrido bullying, porque sé que no soy el único que ha llorado encerrado en un cuarto y, sobre todo, porque ahora es lo único que sé hacer. Os aseguro, que mientras lo hago, me tiemblan las manos.

Ojalá este texto haya servido de algo, y si no hubiera sido el caso, dejad al menos que me despida de vosotros con un humilde consejo:

Aprended a pedir perdón, pero sobre todo, a perdonaros. Y Amad, amad sin miedo al débil, al raro, al fuerte y al pequeño, que eso del odio es una sucia mentira con la que nos hacen esclavos. Amad, por favor, que la debilidad no se encuentra en el afecto, sino en el rechazo.

P.D. <<No hay sueños imposibles, sino personas que se rinden antes de tiempo>>.

Con nostalgia, cariño y agradecimiento, Héctor Bastida.