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LO QUE OCULTAN LAS SIRENAS

El ronroneo de un gato me devuelve a la vida. Las tres de la madrugada marca el horrible despertador con el que mi suegra me animó a dejar de ser un vago. Ignoro el presente y decido cerrar los ojos. Fuera, la ciudad sigue viva. El pie de un borracho pisa el acelerador de su coche. Poco después, el de un policía lo imita. Intento concentrarme en el sueño, prefiero seguir durmiendo a levantarme en un mundo que rinde culto al dinero. Me desperezo, el gato se me echa encima. Me asusto e intento calmarme. Lo aparto con delicadeza las dos primeras veces, a la tercera lo empujo tirándolo al suelo.
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Tres y media de la madrugada. No logro regresar a mi estado predilecto. Me levanto helado de frío, y aun así camino desnudo entre las oscuras paredes del pasillo. Llego al frigorífico, lo abro y busco algo dentro. Hace más de una semana que no salgo a comprar. Me conformo con un trago de leche. El gato maúlla a mis pies. Le sirvo una lata de su preciado potingue. Me lo agradece y lo observo comer. Todo parece sencillo. El mecanismo de mi vida se reduce a comer, cagar y dormir. Lo de follar lo descarté antes de tiempo… Las cosas en la calle se han puesto feas. Sirenas y más sirenas irrumpen atacando la paz del obrero. Pienso en Helga, pronto me dejará. Sé que ya comienza a verse con otro y no hago nada por evitarlo. Al menos no es un mal tipo —o eso me han dicho— y sabrá hacerla feliz. Yo descarté seguir interpretando mi papel en el interior de este siniestro y patético teatro. 
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Cuatro y cuarto de la madrugada. El silencio se ha adueñado de mi hogar hasta que a mi gato le da por cagar. Se vuelve loco intentando tapar su excremento y eso me hace reflexionar. Decido salir al balcón y encenderme un cigarrillo. El aire me golpea en los testículos haciendo de mi pequeña polla un simple e inservible pellejo arrugado. La vecina de al lado me mira confundida. No es la única que se ha desvelado. La saludo y aparta la mirada. Se abriga el cuello con su bata blanca y me pide un cigarro. Me ha parecido verla llorar. Sonrío y se lo niego. Que baje a comprar tabaco… A pesar de todo se queda allí, observando el caos de la urbe. Consumo la última calada y lanzo la colilla encendida al vacío. Ambos la observamos caer hasta que se mata al chocar contra el capó de un coche amarillo. Me despido y vuelvo dentro. Ella sigue llorando.
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Seis de la mañana. Suenan varios despertadores en el edificio. Pienso en mi suegra y en su empeño por convencerme de que el mío haga lo mismo. Un hilo de agua huye de mi nariz y se detiene en mi boca. Me he resfriado, por fin ocurre algo emocionante. Las sirenas dejaron de molestar y vuelvo a la cama. Mi gato se ha adueñado de ella y me echo a un lado, sin molestarlo, no quiero despertarlo. Cierro los ojos pero la vibración del teléfono me escupe a la cara. Leo el escueto mensaje de mi suegra: <<Helga está hospitalizada, es grave>>. Justo después me invita a visitarla. Intento averiguar los motivos pero la información no llega. Me visto apresurado y me percato de lo mal que me huele el sobaco. No es momento de preocuparse por eso. Bajo las escaleras y busco un taxi. Mi vecina hace lo mismo. Sigue llorando, pero esta vez su gesto es distinto. Algo la atormenta, la devora por dentro. Nos separamos y cada uno persigue sus miedos. 
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Siete de la mañana. El hospital huele a hospital, tal como imaginaba. Es mi suegra la primera en salir a mi encuentro. Tiene el rostro descompuesto; también lo imaginaba.
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—Un loco la ha atropellado. Un borracho se los ha llevado por delante. Su amigo ha muerto.
Lo llama amigo para evitar hacerme daño, pero ambos sabemos la verdad.
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Poco después entra en escena mi triste vecina. Una amiga la aborda. Le cuenta lo sucedido sin andarse con rodeos y la recién llegada expulsa por su garganta seis desgarradoras cuchilladas:
—Me acababa de dejar por ella…
Nos miramos.
Nos reconocemos.
Nos entendemos.
Le ofrezco un cigarro.